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Edgard Gutierrez / Qué nos espera en 2017

Opositores marchan durante la llamada “Toma de Caracas” en respuesta a la convocatoria realizada por La Mesa de la Unidad Democrática. 1 de septiembre de 2016. Fotografía de Giovanna Mascetti.

I

¿Pronósticos?

Cuando Prodavinci me pidió que escribiera algunas notas sobre qué nos espera en 2017, de inmediato pensé en la frase que sirve de título a este artículo pronunciada por el gran filósofo de color verde y de apenas 66 centímetros de altura, el gran Maestro Jedi Yoda. Aunque algunas bancas de inversión y firmas de riesgo político estimen que la situación de Venezuela es más o menos predecible, muchas veces nuestro país ha demostrado en estos últimos 18 años que puede sorprender a todos.

Ya Philip Tetlock en su Expert Political Judgement demostró que buena parte de las profecías sobre política hechas por “conocedores” no acertaron en un margen que superara al azar. Aunque el mismo autor luego publicara Superforecasting con una visión más optimista sobre el ámbito de las predicciones, si algún lugar es tierra fértil para comprobar el argumento de su primera obra es nuestro país.

Ni el más agudo de los observadores políticos pronosticó que en apenas seis meses, cientos de miles de votantes migrarían abruptamente del chavismo a la oposición. A finales de diciembre de 2013 luego del “dakazo” y una abultada victoria del chavismo en las elecciones municipales, nadie imaginó que muy pocas semanas después ocurrirían miles de protestas contra Maduro y que desde ese momento —aunque muchos no quieran reconocerlo y crean que fue después— el régimen perdería la mayoría popular. Si alguien le hubiese dicho a comienzos de 2015 que la oposición iba a ganar las dos terceras partes del Parlamento, lo más probable es que usted se hubiese reído. ¿Acaso alguien advirtió que en pleno diciembre de 2016 viviríamos una convulsión social en varias regiones del país gracias a un caos monetario auto inducido?

Bienvenidos a Venezuela, cuyo slogan de marca país debería ser: “Donde la realidad política supera a la ficción”.

Predecir en el norte de Suramérica no es solo un negocio riesgoso sino que hay una muy alta probabilidad de terminar en completo ridículo. Sin embargo, necesario es considerar los temas y fuerzas del entorno político más relevantes para un país al que ya casi no tiene sentido siquiera analizarlo anualmente, sino mensualmente.

No hay un 2017 sin un 2016, así que empecemos por el principio. ¿De dónde venimos?

II

2016

Políticamente 2016 no empezó el 1 de enero, sino un poco antes. Para ser preciso, el 6 de diciembre de 2015, el día que la Oposición ganó las dos terceras partes de la Asamblea Nacional.

El 2016 sería el año del cambio político afirmamos muchos.

Sin embargo y también pensando en esa mayoría calificada, Miraflores no nos decepcionó. Como en 2007 y 2009 lo que el régimen no pudo lograr por la vía electoral, lo obtiene gracias a su férreo control institucional y al desconocimiento de las formas democráticas y republicanas. Ni siquiera había sonado el cañonazo y ya Diosdado Cabello se había ocupado de nombrar a los magistrados de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), hasta el momento, el dispositivo más eficaz para inhibir el cambio.

El chavismo procedió a activar su amenaza rebanando vía TSJ a la mayoría calificada e inhabilitando en la práctica a los parlamentarios de Amazonas. La oposición, con una nueva figura estelar que resucitó de las cenizas procedió a aplicar una doctrina que a la postre le saldría increíblemente costosa: la de “doblarse para no partirse”.

Mucho se ha debatido desde aquel entonces, pero en un momento de increíble debilidad —al menos circunstancial— para Maduro, ¿qué hubiera pasado en Venezuela si la Asamblea Nacional hubiese hecho una jugada audaz invocando desde su propia instalación una Asamblea Nacional Constituyente para remover a todos los Poderes Públicos? Nunca lo sabremos porque privó la clásica aversión al conflicto, pero infortunadamente con el chavismo —tarde o temprano— el conflicto siempre llamará a tu puerta. Era preferible que ese conflicto se desatara más temprano que tarde, porque a fin de cuentas, el destino nos alcanzó.

Si bien fue cierto que la agenda legislativa propuesta por la nueva mayoría parlamentaria se concentraba más en leyes económicas y sociales, también lo es que Henry Ramos Allup desde el propio 5 de enero al hablar de la salida de Maduro, leyó correctamente el momento y lo que decían (y definitivamente siguen diciendo) las encuestas. En el estudio Venebarómetro realizado en el mes de enero el 81% de los que declararon haber votado por los candidatos de la MUD lo hicieron para que hubiese un cambio y ese cambio significaba algo muy concreto: que Nicolás Maduro saliera del poder y que hubiesen nuevas elecciones presidenciales (Venebarómetro, abril 2016).

Henrique Capriles también tuvo la misma lectura y en una jugada propia, anticipó a toda la coalición opositora (incluyendo a su propio partido) proponiendo la política del referendo revocatorio. La jugada de Capriles no solo fue un “decir”, sino que tal maniobra fue acompañada de una campaña de comunicación y giras a diversos ciudades del país para avanzar en su proceso de reinvención después de los traspiés sufridos en el pasado reciente y que aún lo atormentan. Su propuesta fue finalmente la que se impuso. Su final no fue lo que planeó.

En ese curso, las elecciones regionales para escoger gobernadores pasaron a un segundo o tercer plano.

Sin embargo, es probable que nada de lo anterior fuese lo más importante de cuanto sucedía para ese entonces. Lo más relevante y que estuvo fuera del ojo de la opinión pública eran las conversaciones que se dieron entre actores muy relevantes del chavismo y de la oposición. No me refiero al opaco diálogo que empezó en República Dominicana a mediados de año y que se provoca fundamentalmente por la operación de Rodríguez Zapatero y UNASUR, sino a una serie de encuentros bilaterales entre altos dirigentes de la MUD y el chavismo, que a la luz de los acontecimientos posteriores, no llegó a nada. Es probable que el chavismo (o específicamente esos actores) no percibiera en ese momento en la oposición una ruta clara que les ofreciera rebajar sus costos de salida.

La “Hoja de Ruta”, llamada también la “Ruta de las Hojas” (enmienda, constituyente, renuncia y revocatorio), terminó en un proceso de decantación que nos llevó al revocatorio como propuesta única, pero por el mismo empeño de “evitar el conflicto”, nos metió en el campo minado de aceptar unas condiciones completamente absurdas impuestas por un cuestionado reglamento del CNE: recoger firmas (constitución de una agrupación), para poder recoger firmas (1%), para finalmente recoger más firmas (20%). La aprobación más temprana de una Ley Orgánica de Referendos quizás le hubiese dado más sentido a la lucha o bien, hubiera dejado en claro mucho más temprano, que el Referendo Revocatorio no procedería y la energía se hubiese enfocado hacia otra salida. Pero eso es futurología del pasado…

Oportuno también es decir que esa ruta, también forjó una épica ciudadana que superó todos los obstáculos procedimentales. Sería mezquino no reconocerlo. En curiaras, saltando árboles o desafiando al poder, los venezolanos salieron a manifestar su impresionante voluntad de cambio político. En paralelo, la “voluntad revocatoria”, se hacía más y más grande llegando a calcularse que prácticamente 11 millones de personas estaban completamente dispuestos a remover a Maduro por vía electoral. En mayo, algunos países en la OEA y apuntalados por la valiente actitud de Luis Almagro, también se desarrolló una maniobra de presión internacional con el tema de la Carta Democrática, que hoy, al parecer, ya se nos olvidó. Preferimos a Zapatero. Y Zapatero siguió viajando a Venezuela sin descanso.

Entre agosto, septiembre y octubre la política opositora se centró en impulsar el Referendo Revocatorio con una agenda de marchas y concentraciones que aunque no contó con la frecuencia y la escalada que algunos deseaban, definitivamente sí movilizó a millones de personas en las calles. Aunque había señales clarísimas que el CNE no haría el Referendo en 2016, el clímax de esta historia llegaría en octubre, cuando ya no había más excusas para postergar la recolección del 20% y que en la práctica hubiese sido un Revocatorio en sí mismo, pues al menos ocho millones de personas declaraban que estaban absolutamente dispuestas a firmar.

La temida decisión llegó: el 20 de octubre varios tribunales estadales controlados por gobernadores del chavismo abortaron la recolección de voluntades.

Se quiso evadir, pero el conflicto llegó.

Lo que muchos predijeron —sin desearlo— se consumó: se suspendió de facto el derecho al voto. No solo por el Referendo, sino por unos comicios para escoger a gobernadores que fueron postergados para 2017. El argumento central del chavismo es que no puede haber elecciones en medio de esta crisis económica, pero la verdad es mucho más sencilla: no puede haber elecciones mientras no se puedan ganar. Simple, pero duro. Maduro y los gobernadores decidieron que ninguno se mediría y que todos permanecerían en sus puestos al costo que fuera. Y los costos terminaron no siendo tan altos.

La primera reacción de la Unidad, luego de varios días de mucha tensión interna fue desconocer la medida, plantear una ruptura constitucional y una recuperación de la democracia en las calles. Aún cuando se tardó mucho en reaccionar, privó la sensatez y se llegó a un acuerdo entre todos los factores, luego de consultar a muchos sectores. El choque de trenes —y no de poderes— se veía inminente.

El 26 de octubre, en la última concentración política del año, la Oposición puso toda la carne en el asador: decidió “enjuiciar” políticamente a Maduro, afirmó que el hilo constitucional estaba roto y anunció que procedería a marchar el 3 de noviembre hasta Miraflores para exigirle su renuncia. En una tarima improvisada en Altamira se dijeron cosas que hoy se niegan, pero ahí están grabadas.

Me quedan pocas dudas que al minuto siguiente de haber proferido estas “amenazas” una vez concluida la movilización, la dirigencia opositora buscó la manera de desconvocarlas. ¿Por qué? Hay al menos dos hipótesis: o nunca estuvieron convencidos de hacer lo que dijeron que iban a hacer, o simplemente no saben o no quieren hacerlo. Todo terminó en un diálogo un domingo 30 de octubre que simplemente desactivó el único activo en el haber opositor para lograr sus objetivos: la presión popular de calle para poder votar. Dimensiones que no son excluyentes, sino absolutamente complementarias. La narrativa no pudo ser más adversa: se dejó de hablar del aborto del Revocatorio y en su lugar la coyuntura se basó si algunos partidos se sentaban a esa mesa o no. El resultado, más que obvio: Miraflores —y Maduro en particular— ganaron el tiempo que deseaban para llegar a 2017.

Lo demás, ya ha sido suficientemente discutido. La oposición despertó de su sueño y tuvo que enfrentar la realidad: se acabó (al menos por el momento) la competencia electoral y no hay una estrategia suficientemente aceptada y compartida por todos los actores para seguir adelante de otro modo, en otros terrenos. La MUD es una estructura electoral y fuera de ese ámbito, no sabe (aún) cómo responder y actuar.

Para quienes deseaban cambio y pensaban que 2016 era el año, todo terminó en desconcierto, desmovilización y desmoralización en medio de un diciembre desolador, que solo nos hizo recordar las razones de fondo del por qué de una lucha ya muy larga.

III

2017

Ya es un lugar común demasiado odioso decir que 2017 será un año tremendamente difícil, pero necesario es repetirlo. Una y otra vez. Ese es el contexto específico en el que se desarrollarán los hechos y se constituye como el punto de partida. Nada indica que las condiciones económicas o sociales vayan a mejorar, sino muy por el contrario a empeorar. En otras palabras, el malestar y la conflictividad convivirán con nosotros desde el principio.

En ese marco, Maduro —y el sistema que encabeza— llega a su quinto año con una vocación aún más autocrática y que a todas luces parece intentar avanzar más rápido de lo que puede, aprovechando la coyuntura y la parálisis. Los cambios en el currículo educativo, la vuelta de tuerca adicional al control sobre los pocos medios independientes y la reintroducción del sistema de inteligencia social, son tan solo tres de ejemplos de cómo en el caos, se intenta fortalecer el régimen socialista; mientras en la otra acera, hay un país empobreciéndose y debilitándose aceleradamente que reniega de esos cambios pero que aún no se opone organizada ni articuladamente. Tampoco es de extrañarnos que en este proceso de avance oficial veamos un ejercicio de “purga” contra algunos sobre los que hoy hay sospechas de deslealtad para producir el efecto de parálisis sobre aquellos que pudieran querer abandonar las filas.

Más allá de estos breves comentarios, el entorno sugiere la existencia de al menos tres incertidumbres que de acuerdo a su comportamiento (y a cuál dirección tomen), podrían configurar cómo viviremos la política en este año que apenas comienza: 1) la tensión social, 2) la cohesión de la coalición oficial y 3) la articulación opositora.

La tensión social

Desde hace rato estamos escuchando el crujido. No sabemos exactamente de dónde proviene el sonido, pero luce que la olla de presión podría no aguantar mucho más, ya que la única válvula de escape que había (una consulta electoral que generó esperanzas) fue tapada. Mientras, la presión se sigue acumulando sin parar. ¿El venezolano explotará? Soy de los que piensa que eso no es parte de un pronóstico, porque ya viene ocurriendo desde hace rato, de otro modo, en una escala y forma distinta. Todos tenemos en la cabeza el referente del 27 de febrero de 1989 y creemos a que eso se debe parecer lo que podría suceder, pero lo cierto es que en el país ya se han suscitado hechos de igual gravedad durante 2016. Un ejemplo muy concreto: Cumaná en el mes de junio.

Hay algo que no debemos perder de vista. Pudiera ser una casualidad y tener muchas explicaciones desde otro ámbito, pero llama poderosamente la atención que durante los meses en los que el revocatorio o no existía o no se había asentado bien en la dinámica política, los saqueos (o intentos de saqueos) crecieron a un ritmo muy preocupante: según el Observatorio Venezolano de la Conflictividad Social de una cifra de 23 en enero, llegamos a 162 hechos de este tipo en junio. Sin embargo, después de mediados de año —justo cuando el referendo toma mayor cuerpo— comienza a descender hasta llegar en octubre a los niveles de comienzos de año.

¿Es una casualidad que después de cancelarse el Revocatorio y provocarse el caos monetario de fin de año reaparezcan con mayor fuerza los disturbios y saqueos? Sin duda, las decisiones asumidas en cuanto a custodia de los canales de distribución de alimentos, el aumento de la represión y la implementación limitada pero en aumento de los CLAP tienen un poder explicativo, pero lo que vimos en Guasdualito, Maracaibo y sobre todo en Ciudad Bolívar, me hace pensar que hay una estrecha correlación entre el ánimo de la gente y su determinación a salir a las calles a protestar y perpetrar hechos vandálicos.

No hay nada que indique que esa tensión disminuirá, pero lo que no sabemos es adónde nos conducirá su exacerbación. Hay quienes piensan que ese estallido —de grandes y cataclísmicas— proporciones nunca ocurrirá porque el “miedo a repetir 1989” inhibe a los venezolanos que sufrieron la brutal represión de la época y simultáneamente, poco a poco nos estamos acostumbrando al control social impuesto desde el poder y las únicas energías que quedarán serán para la supervivencia, no para la sublevación. Pero la misma dinámica se ha venido encargando de decir que todavía hay energías para desafiar esos temores. El miedo a la represión no pareció haber intimidado a la gente que protestó violentamente, particularmente a finales del año. Allí están los hechos.

Para noviembre de 2016, el 31% de los venezolanos declaró estar muy dispuesto a salir a protestar contra la escasez de alimentos, el alto costo de la vida o la inseguridad; casi el doble de quienes afirmaban lo mismo para mayo de 2015, aunque este número estuvo bordeando el 40% en julio. Algunos analistas afirman que esta disposición sigue siendo demasiado baja para que pueda hablarse de masa crítica, a mí me parece que hablar de siete millones de personas es demasiado. Más allá de todo esto, si eventual y lamentablemente esta reacción popular terminara ocurriendo, que eso signifique necesariamente un cambio político es una historia totalmente distinta, porque esa expresión necesitaría estar dotada de una conducción, que de existir, no sabemos hacia dónde querrá inclinar la balanza.

Todo indica que estos hechos seguirán ocurriendo y que la tensión social se mantendrá en aumento, fungiendo como un catalizador del proceso político. Solo quiero recordar esto: cuando empezamos a creer que los saqueos ya estaban quedando atrás, volvieron con más fuerza y virulencia.

La cohesión de la coalición oficial

Es el tema del que más se habla en los mentideros políticos. Esa discusión básicamente se reduce a si el chavismo se mantendrá unido o no y si esa eventual desunión permitirá una transición —quién sabe si democrática o no— porque no necesariamente un cambio político significa que será democrático y/o civil. Maduro logró superar el 2016, pero dentro de muy pocos días se garantiza constitucionalmente en principio que su salida no arrastre consigo a todo el chavismo.

Me refiero por supuesto al umbral del 10 de enero.

Existen algunos indicios de que varias facciones están operando en este sentido, pero más cierto aún es que un Maduro en apariencia un poco más atornillado que antes dará la batalla para que esto no se materialice, aunque eso signifique sacrificar a algunos camaradas. Y al parecer eso ya está sucediendo y nos enteraremos pronto.

Otra señal muy evidente es que Diosdado Cabello está haciendo una campaña de alcance nacional y se está preparando para asumir un nuevo rol. Todavía no queda claro si es para disputarle el poder en lo inmediato a quien hoy ejerce la primera posición, pero su antagonismo está muy claro desde el 8 de diciembre de 2012, aunque siempre comunique públicamente lealtad y unidad.

Al interior de la coalición hay facciones que temen por su estabilidad y que piensan que Maduro está destruyendo el piso político del proyecto, pero tienen tiempo diciendo eso y el temor a perder el poder los ha mantenido unidos y los costos de represión han sido relativamente bajos, por no decir muy bajos. Así resolvieron 2016: no hay elecciones ni para Maduro ni para los gobernadores, ¿seguirán manteniendo esa fórmula?

Hoy, la coalición se mantiene más o menos en la misma forma que tiene desde 2013. Los enormes incentivos económicos (léase corrupción) y los altos costos de salida los mantienen más unidos que separados. Nadie importante de ninguna facción —con la excepción de Miguel Rodríguez Torres— ha dado un primer paso para que ese equilibrio se caiga, o al menos cambie. En términos políticos, las primeras semanas del año nos dirán si hay o no un pugilato interno, una purga, o bien, el mantenimiento del status quo.

La articulación opositora

Como ya fue relatado, 2016 empezó exultante para la MUD pero el comienzo de 2017 no podría ser más sombrío y difícil. Mientras esto se escribe, hay una discusión interna para acordar unas nuevas reglas de juego y aún es una incógnita si los rostros visibles de la alianza opositora se mantendrán o habrá un refrescamiento. No pareciera muy probable que haya una reestructuración a fondo ni que los principales partidos cedan su poder de decisión, pero lo que sí es verdaderamente incierto es si la nueva estrategia que propondrán será comprada y acompañada por sus seguidores. Las tensiones internas se mantienen y en el fondo, el problema sigue siendo el mismo: no hay una estrategia política que aglutine todas las visiones, en particular de las tres más importantes.

Todos tienen un juego propio y ninguno parece ceder o cooperar en función del juego del otro. Por un lado partidos como Primero Justicia y Acción Democrática (con distintos matices) siguen creyendo que lo correcto es llegar hasta el 2018 con la mayor cantidad de poder acumulado (léase diputaciones, gobernaciones y alcaldías) mientras los costos políticos de la crisis económica los paga en su totalidad el chavismo. Otra corriente en la que se inscriben Voluntad Popular, Vente Venezuela y Alianza Bravo Pueblo creen en una estrategia fundamentalmente de calle para producir un cambio lo más rápido posible. Finalmente, un factor como UNT parece que lucha más para garantizar sus espacios en el Zulia (al costo que sea) y eso le ha ganado hoy graves acusaciones de colaboración con el régimen. ¿Unidad?

Hablar de la Oposición a secas, muchas veces es un error. En principio, una cosa es hablar de la dirigencia opositora que hoy tiene profundos desencuentros y trabaja arduamente para superarlos y otra, son sus seguidores. Los “opositores de a pie” son la mayoría política del país (53%) y sus actitudes y valoraciones están más que claras y luciendo muy compactas: el 98% percibe como negativa la situación del país y el mismo porcentaje evalúa negativamente a Maduro (siendo un 97% el que se pronuncia por su salida inmediata). El 91% de este segmento cree que vivimos bajo una dictadura, el 94% que su derecho a elegir ha sido violado y un 80% está dispuesto a protestar en las calles. Un 57% de ellos piensa que hay que desconocer a Maduro. Como bien podrían decir dirían varios analistas que a veces pecan de superficiales, los opositores se han “radicalizado”.

Entre estos mismos opositores, siete de cada diez quieren ver a su dirigencia luchando por un cambio y el 62% considera que fue desacertado la decisión de suspender el “juicio político” y la marcha a Miraflores. Ellos creen en un 87% que la oposición tiene la capacidad de gobernar a Venezuela y todavía para finales de noviembre, dos tercios (66%) creían que la MUD está bien enrumbada, una cifra que podría descender en la medida que el tiempo transcurra y no pase mayor cosa en términos de cambio político. Si las cosas siguen por donde van, no parecería extraño que pudiera haber un divorcio entre dirigentes y dirigidos y que la articulación opositora en el corto plazo luzca más baja que alta.

En las próximas horas la Asamblea tendrá un nuevo presidente, Julio Borges, y casi en simultáneo sabremos cuál es la nueva dirección que se propone tomar la coalición opositora. Borges ha declarado que insistirá en un paquete de leyes económicas y sociales que aunque lógico y necesario, no parece realista ni apropiado para el momento actual después de todo lo que ya sabemos que ha ocurrido en los predios parlamentarios. Ya bien lo dijo el Secretario General de La Causa R, José Ignacio Guédez: “La mejor medida económica que se puede implementar es la remoción constitucional de Nicolás Maduro”. La opinión pública lo acompaña.

Más allá de eso, lo que luce como una verdad a leguas es que la oposición intentará retomar a como dé lugar su horizonte electoral. Esa es su mayor fortaleza, es el tablero que más cómodo le sienta y lo más importante y que debe ser la piedra funcional de la lucha: hay que rescatar el voto. Sin embargo, su adversario parece que ya ha perdido ese tipo de escrúpulos y no le cuesta mucho avanzar sin convocar nuevos comicios, o al menos, unas elecciones como a las que estamos ya acostumbrados.

Vienen en camino nuevos desarrollos en los que conoceremos si el oficialismo está dispuesto a convocar unas elecciones para perderlas o si bien, las convocará pero en el mejor estilo nicaragüense, con un nuevo software apenas puesto en desarrollo hace algunas semanas en esa nación centroamericana: las celebro, pero ningún opositor de relevancia puede participar. Ya en Venezuela conocíamos a las inhabilitaciones como un arma para escoger a los contendores, pero todo pudiera sofisticarse hasta llegar a la ilegalización de los partidos políticos, incluyendo a la MUD (hoy el único al que se le permite legalmente participar).

Mientras tanto, si alguien quiere saber cómo van las elecciones convocadas para junio, pregúntese por el cronograma electoral… Aún no publicado.

Breve epílogo

Aún hay más incógnitas cuyo despeje bien podrán ayudar más la comprensión de nuestro futuro político inmediato. Ya finalizando este escrito, se sabe que está planteada una jugada del oficialismo para impedir la escogencia de la nueva directiva de la Asamblea e incluso impidiendo su funcionamiento, anclada en la figura del desacato. No pareciera una acción necesaria para el chavismo cuando ha logrado tanto por la vía de maniatar vía TSJ, sin embargo la figura del Parlamento Comunal sigue ahí amenazante y como una señal de que la radicalización mencionada arriba, estaría en pleno desarrollo.

Hay una gran interrogante, que no solo nos atañe a los venezolanos sino que es de orden global. Me refiero al ascenso de Trump al poder. Aunque nos guste o no, ese es un factor importante porque desconocemos cuál será la actitud del magnate hecho presidente con respecto a Venezuela. Así como en Taiwan o en China hay grandes inquietudes, para nosotros será cuestión de poco tiempo saber si seremos ignorados, si Trump asumirá una política frontal contra el régimen venezolano, o bien si su cercanía con Putin reforzará las posiciones del gigante ruso en el complejo entramado geopolítico, incluyendo las que tiene en nuestro país. El nombramiento de Rex Tillerson como Secretario de Estado hace lucir de momento a la tercera opción como la más probable. Pero nadie sabe…

El famoso diálogo luce exangüe. A punto de perecer. Pero bien podría suscitarse un nuevo episodio para conocer más y mejor sobre cuáles son las verdaderas posiciones dentro de la MUD. Algunos insistirán en continuarlo y eso dirá más de ellos, de lo que esperan del proceso de conversaciones.

Nada fácil lo que viene. Difícil de ver es. El futuro siempre en movimiento está.

Fuente: Prodavinci

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