CUENTO / Peripecias de Pancho el tóxico sin gasolina

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gasolina
Imagen referencial

Erase una vez en un pueblo perdido en las divagancias de mi recuerdo. Pancho, conocido productor agropecuario, estoicamente hacía la cola para surtir gasolina.  Había llegado a las tres de la mañana al lugar y estaba de número 46 en aquella fila de vehículos; el cruel sol del llano del tercio del día que caía y los rapaces zancudos le aguijoneaban la piel cual castigo divino a su singular conducta.

_ ¿Hola don Pancho, como está la vaina?

_Todo bien profesor Andrés, aquí pagando la culpa de los que pidieron las sanciones de los gringos para producir esta crisis de la gasolina.

_¿Usted cree que sea sólo eso don Pancho?

_Claro profe, ¿qué más va se’?

_Mira Pancho, la situación es compleja.

Un cúmulo de ideas y emociones revolotearon en la cabeza de aquel docente, cuya vocación de enseñar chocaba con el laberinto de la certidumbre de la voz de Pancho y aún convencido de gastar pólvora en zamuro, saliendo de su estado de resignación y relativa indiferencia, puyado en lo más profundo por su condición de educador, modelador de conductas; ante el estado de cosas se atrevió a decirle.

_En el país nos encontramos en un estado de ceguera colectiva, somnolencia inducida, hay un cansancio y pareciera que ya no podemos hacer nada, sólo intentamos sobrevivir y cuando despertamos de ella es sólo para buscar culpables exteriores; la falta de luz, gas, gasolina y calidad en los servicios públicos, se la atribuimos a las benditas sanciones.

Nuestra autoestima es una gelatinosa alfombra por donde caminan quienes con bonos, bolsas de comidas y amenazas nos imponen matrices de opinión, que parecieran verdades absolutas.

_¿y qué podemos hacer profesor?, gobierno es gobierno y mal que bien uno se las arregla, compramos gasolina, gas bachaqueado, más caro, pero se consigue y, como le dije gobierno es gobierno.

– Así es la cosa Pancho y esa es parte de una política de Estado, que hace creer en la supremacía y omnipotencia del poder, nos quita las posibilidades de nuestro sostenimiento propio, obligándonos a su dependencia y sumisión.

Se hizo un silencio que sólo era roto por el zumbido de los zancudos y las palmadas de aquellos contertulios de la gasolina y el profesor Andrés como buscando ilustrar la situación planteada, le dijo:

 _Mira, esto es como el caso del marido machista, como la historia de mi papá Alsermo y mi mamá Juana; el viejo la hizo retirar del trabajo, la aisló de su familia y amigos, la hizo tan dependiente, de su condición de papá proveedor que hasta las pantys de mi mamá eran seleccionadas y provistas por él, a cambio de ello la sumisión, dependencia absoluta y silencio ante sus arbitrariedades.

Un corneteo entusiasta se interpuso ante la conversación de aquellos seres; había llegado la gandola de gasolina subsidiada, eran las cuatro de la tarde.

Después de una hora de la parsimoniosa descarga y el morrocoyudo apresto de militares y civiles que “ordenaban” la fila de vehículos, comenzó a “moverse la cola”, pero una caterva de privilegiados se interponía en los surtidores y ésta avanzaba muy lento.

Llegaron las seis de la tarde y con ellas los “puyones”, cual aviones rusos en Ucrania se abalanzaban sobre la humanidad de los lugareños.

Andrés y Pancho estaban a escasos diez vehículos para cruzar la meta. Se oyó un leve murmullo, se había acabado la gasolina, pero también circuló el rumor de que era imposible que trece mil litros se hubieran “acabado” y dizque en aquella Estación de Servicio, en altas horas de la noche le era vendida a los productores de arroz a un dólar el litro, la inminencia de perder sus cosechas y actitud hamponil de otros, los hacía cómplices de aquella modalidad de “bachaqueo”.

Poco después, sumisamente la serpiente de vehículos fue alejándose en medio de una densa nube como de leche condesada y frustración en la mente de quienes fueron a Roma y no vieron al Papa.

Pancho El Tóxico llegó a su casa, cargado de resignación y de los ingredientes para la cena de ese día, era el proveedor absoluto de aquella familia y por ende, a su juicio se creía dueño y señor de la voluntad de quienes allí vivían.

 Fue recibido por su hijo mayor, quien presuroso, cumpliendo el mandato previo, se propuso a darle el parte; su madre había salido para una “reunión de la bolsa”.

_Le he dicho a tu madre que cuando yo no esté aquí no me salga para ninguna parte ripostó colérico, sin saber aún que María lo había abandonado para siempre; nada es eterno. Así son las cosas diría Oscar Yanes.

Rafael Castillo  / Calabozo mayo 2022.

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