PEDRO CALZADILLA / A volar papagayos en el Cerro de las Iguanitas

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pedro calzadilla / volar papagayos

Llegaron las vacaciones escolares. Mis hermanos y yo teníamos preparados varios papagayos: una estrella, un roncador y una palometa, entre otros, para ir a elevarlos al Cerro de las Iguanitas.

Por la tarde, a eso de las 4:00, alegres, salíamos los cuatro hermanos acompañados por papá –cada uno con su papagayo–, y cuando bajábamos por el zaguán de la casa oímos la voz de nuestra madre, siempre prevenida y cuidadosa:

—No se pongan a correr, ese terreno es muy pedregoso y se pueden caer. Cuiden a los más pequeños.

En los días previos, después de regresar de la escuela, estuvimos todos metidos entre veradas, papeles, goma, pabilo, tijeras y trapos viejos para hacer las colas, confeccionando volantines bajo la dirección de nuestro viejo, que era todo un experto en el arte de fabricar objetos voladores de todas las formas y tamaños, tales como roncadores, estrellas, cajones y cometas.

Pero, además, era un maestro en la fabricación de bombas de papel o como las denominaban en los programas de las fiestas patronales del pueblo: globos aerostáticos.

Y es que volar papagayos en aquellos años no sólo era elevarlos y mantenerlos en el aire durante horas, eran también todas las fases de su confección, que propiciaban reunir a la familia y a los amigos en gratos momentos de armonía y convivencia.

A volar los papagayos íbamos los hermanos menores, y mi padre nos acompañaba casi siempre porque él también gozaba un puyero, al igual que nosotros, observando los volantines moverse de un lado a otro, haciendo rosquillas y piruetas diversas, sostenidos y accionados por la acción del viento.

Con el nombre de Cerro de las Iguanitas se conocía, en aquellos años, una pequeña y despoblada loma que era frontera del pueblo hacia el naciente; terrenos en los que, hace muy pocos años, fueron construidos el Grupo Escolar Camejo y otras numerosas edificaciones para negocios y viviendas, hacia el sur.

Al lado norte estaba el Cerrito de El Calvario, sitio de masivas peregrinaciones cristianas en Semana Santa, hoy invadido también por el “progreso” urbanístico.

Para ir a ese añorado lugar uno tenía que caminar alrededor de unos ochocientos metros después de dejar la última vivienda de la calle José Martí, donde vivía la familia del Sr. Emigdio Filardi; superar un pequeño sanjón por donde escurrían las aguas de lluvia que bajaban desde Barrialito y, luego de tomar un trillado caminito, llegar al cerrito, lugar escogido por la comunidad para el vuelo de papagayos.

Era un terreno bastante árido, muy pedregoso, sólo crecían allí matas de cují, cardones y tunas. Para nada podía salir de allí una postal turística.

Sin embargo, para nosotros tenía la ventaja de que no había árboles grandes, soplaba una brisa fuerte y constante y tenía, además, una amplia explanada sin viviendas que se prolongaba hacia el sur, donde era posible recuperar fácilmente los papagayos que reventaran el pabilo o hubiesen sido “picados” y cayeran a tierra.

No éramos nosotros los únicos voladores de papagayos. Allí se reunía un gentío de todas las edades y condiciones sociales, pero especialmente niños, la mayoría de ellos con sus padres o hermanos mayores.

Hoy, tal vez, a muchos el volar papagayos puede parecerles un pasatiempo poco atractivo y, si se quiere, hasta tonto, pero en aquellos años sin parques infantiles, sin televisión, sin cine, sin video juegos y, sobre todo, sin teléfonos celulares, cualquier actividad colectiva que se realizara al aire libre reunía a muchísima gente, especialmente a niños y adolescentes.

Y en efecto, en el Cerro de las Iguanitas, en las tardes de los días de vacaciones escolares se reunía lo que hoy llamaríamos una multitud, para disfrutar durante varias horas de un espectáculo realmente bonito: ver en el aire, al mismo tiempo, veinte o treinta papagayos de diferentes formas, tamaños y amplio colorido, hacer los movimientos, las piruetas que desde tierra les ordenaran sus conductores.

Yo diría, sin temor a equivocarme, que aquella actividad recreacional era la preferida por las grandes mayorías en esos años.

 Semanas más tarde descubrimos que había un sitio tan bueno como aquel, pero con la ventaja de estar mucho más cerca de nuestra vivienda.

En los años de este breve relato, la Calle Sucre se extendía desde el pie de Peña de Mota, comenzando en la calle Pellón y Palacios, justo donde estaba la pulpería de Raldire, y remataba en forma abrupta cuatro cuadras y media hacia el sur, muy cerca de la casa del señor Leopoldo Manuitt.

Evidentemente los urbanizadores no pudieron prolongar esa calle porque allí había un peñasco de considerables dimensiones, que impidió que los constructores de picos y palas de los años finales del siglo XIX, sin disponer de medios técnicos, pudieran demolerlo y prolongar la calle hasta el barrio El Charco, tal como creo que existe hoy. Pero además de la inoportuna roca, allí había otro obstáculo: comenzaba una bajada muy empinada, donde apenas había un irregular sendero peatonal.

Fue un gran descubrimiento encontrar tan cerca ese otro sitio ideal para elevar nuestros papagayos: no había árboles, ni tendidos eléctricos, ni casas que entorpecieran nuestra diversión y, además, ofrecía la ventaja adicional de estar a escasas dos cuadras de nuestro hogar.

Esa proximidad nos permitió ir todos los días, si el estado del tiempo nos lo permitía, a disfrutar de nuestro pasatiempo preferido, sin requerir de la presencia de nuestro padre o de un hermano mayor.

Algo que vale la pena mencionar es la práctica que utilizaban muchas personas, sobre todo adolescentes, de colocar hojillas en la cola de sus papagayos para picar el pabilo a los volantines de los más pequeños, generando conflictos que a veces terminaban en riñas.

Mi padre era opuesto a esta práctica y varias veces llamó la atención a los que utilizaban este sistema, alertándolos sobre la crueldad de quitarle a un niño su diversión y también sobre el peligro que significaba un objeto cortante tan peligroso como una hojilla guindando en la cola de un papagayo.

Viernes 11 de julio de 1941

Pedro Calzadilla Álvarez

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