PEDRO CALZADILLA
Crónicas de Altagracia de Orituco/ En barriles también nos llegaba el agua del río

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cargadores de agua
Imagen referencial. Monumento a cargadores de agua, Machala / Ecuador

Después de una larga espera, al fin llegó el ansiado sábado. Mi madre me había prometido que ese día me permitiría ir montado en el burro a buscar agua al río. Me acompañaría uno de mis hermanos mayores e iríamos los dos con el señor Ramón, quien todos los sábados nos traía una carga, para completar la poca que nos llegaba a través del pequeño acueducto del pueblo, en esos años bastante irregular e insuficiente.

Ramón me alzó en vilo y me sentó sobre unos sacos en medio de los dos barriles y, muy cariñosamente, me dijo:

— Irás de sobornal, y agárrate duro de los barriles para que no te caigas.

Ramón era un viejo y eficiente cargador que tenía varios años trayendo agua a nuestra casa, sobre todo en verano, cuando realizaba al menos un viaje cada día. En invierno eran menos, ya que utilizando taturos de gasolina usados se recogía parte de las aguas de lluvia del techo, por medio de los canales de desagüe.

La ruta habitual de Ramón para ir al río era llegar hasta el final de la calle Bolívar, donde se une con la Peyón y Palacios, torcer hacia La Playera y allí virar hacia el norte y recorrer unos 40 metros para alcanzar el objetivo: El Paso de la Susana. Se consideraba que en ese frecuentado y hermoso lugar el agua era más limpia, ya que estaba un poco más arriba de las riberas donde las lavanderas realizaban sus faenas.

Por el camino encontramos a muchos cargadores ya de regreso, algunos arreando sus burros y otros, menos afortunados, empujando sus carretillas cargadas con latas y envases de todo tipo. Al aproximarnos a la orilla del río oímos la alegre algarabía de los aguadores, que se confundía con las risas y ruidos producidos por las lavanderas, concentradas pocos metros más abajo.

Al llegar a la orilla, a nuestra vista se ofreció un pintoresco espectáculo: unos diez o doce hombres, algunos en las faenas de bajar y subir barriles a las enjalmas de los burros, otros, más alejados, en las amplias orillas arenosas del oeste, llenando con totumas y perolas sus barriles, con el agua que extraían de los jagüeyes.

Los aguadores, luego de llenar sus barriles en medio de la corriente del río o en los jagüeyes, tenían que realizar la pesada tarea de subirlos a la enjalma, operación que, por la experiencia que tenía la mayoría, les resultaba bastante sencilla: colocaban una horqueta de madera apoyada en uno de los lados de la enjalma y, después de llenar el primer barril, lo alzaban y amarraban en el lado que tenía la horqueta, luego llenaban el otro barril y lo fijaban del lado contrario.

Para llenar el barril, el cargador lo halaba hasta el centro de la chorrera, lo agarraba por los extremos y lo hundía, presionándolo con una rodilla, hasta que su hueco quedara a nivel de la superficie del agua; allí lo mantenía hasta que se llenara. Luego le ponía la tapa a presión, generalmente una tuza, y lo empujaba hasta la orilla.

En invierno, el acarreo de agua se complicaba por el hecho de que muchas veces al agua del río estaba sucia y hasta hedionda, en ese caso, sólo se podían llenar los barriles en los jagüeyes, donde de nuevo el líquido se volvía cristalino, pero su volumen no alcanzaba para llenarlos todos.

Las familias que habitaban en el casco central, por lo general las de mejor situación económica, recibían agua por un rudimentario acueducto construido por iniciativa de un reducido grupo de pobladores, quienes con sus aportes financieros hicieron posible su construcción hacia un poco mas de 10 años.

Consistía en una toma en el río. De allí el agua era conducida mediante un canal hasta un depósito en la orilla desde donde, mediante una bomba accionada con un motor a gasolina, era impulsada hacia el cerro de Cedeño, pequeña colina situada al extremo oeste de la población, al final de la calle José Martí.

De allí, por gravedad, el agua era conducida por tuberías metálicas de media pulgada hasta los hogares de los suscriptores, que no eran muchos. La bomba demoraba dos horas en llenar el tanque y por su escasa capacidad se vaciaba en media hora. Era un pésimo servicio. Ello obligaba también a los suscriptores a suplir las carencias del líquido por medio de los cargadores.

Mi familia era bastante numerosa, por lo que se hacía necesario tener los servicios de un aguador. A raíz de la epidemia de fiebre tifoidea que padecimos los habitantes de Altagracia entre marzo y mayo de 1941, debido a fallas sanitarias detectadas en el acueducto, creció el clamor de sus pobladores por la construcción de un servicio de agua potable, de mayor capacidad y eficiencia, aspiración que se materializó a finales de la década de los años cuarenta.

Cerca de dos horas más tarde regresamos a la casa, y yo estaba feliz, luego de haber jineteado un burro por primera vez. Inolvidable experiencia que hoy, después de casi ochenta años, se reactiva en mi memoria.

Pedro Calzadilla Álvarez

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