José Gregorio Hernández: En la academia y en los altares

84

El médicoJosé Gregorio Hernández  (25 de octubre de 1864-29 de junio de 1919) con su vida y obra siempre llamará la atención y será blanco de discusiones y polémicas ya que representan uno de esos pocos casos en la Historia de la Medicina Universal cuando se alcanza la inmortalidad tanto en los recintos académicos como en los altares.

Los estudiosos de la historia de la medicina venezolana dicen  que la misma comprende tres periodos importantes asociados  a sendos médicos : el primero corresponde a la creación de la primera Cátedra de Medicina en la Universidad Real y Pontificia de Caracas (futura UCV) en  1763  por el Dr. Lorenzo Campins y Ballester, el segundo lo lideriza  el  Dr. José María Vargas con la fundación de la Facultad de Medicina en 1827 y el tercero lleva la impronta del Dr. José Gregorio Hernández, fundador de la medicina experimental en el país en 1891.

 El 31 de julio de 1889, durante el gobierno de Juan Pablo Rojas Paúl, se decidió enviar a Paris a un médico de la Universidad Central para estudiar microscopia, bacteriología, histología normal y patológica y fisiología experimental con el objeto de crear laboratorios en cada una de esas especialidades.

Fue seleccionado el Dr. José Gregorio Hernández con la misión de adquirir los instrumentos para la instalación de los laboratorios.

Hernández estudio dos años en Francia y a su regreso fundó el laboratorio de fisiología experimental y bacteriología .

El 4 de noviembre de 1891 el Ejecutivo Federal creó los estudios de histología normal y patológica, fisiología experimental y bacteriología. Al siguiente día, 5 de noviembre de 1891, José Gregorio Hernández fue designado profesor de las nuevas cátedras. Nacía la medicina experimental en Venezuela y en América.

Antes, al terminar la universidad, siendo el mejor estudiante, José Gregorio Hernández ejerció como médico de provincia. Su labor la desempeña en los pueblos de Trujillo, Mérida y Táchira.

En 1888 visita los hospitales de Maracaibo y Curazao. Le llama la atención la estructura física de los mismos y la funcionalidad de los diferentes departamentos.

 En Betijoque examina a varios enfermos. Entiende que tiene mucho que aprender todavía y empieza a soñar con viajes a Europa para perfeccionar sus estudios.

Sus pacientes mejoran, pero le preocupa la actitud supersticiosa de la gente, por eso afirma : “Es muy difícil curar a esta gente a causa de las preocupaciones y ridiculeces tan arraigadas en el alma popular, creen en el daño, en las gallinas y vacas negras, en las palabras misteriosas con que acompañan sus remedios y en multitud de supersticiones que revelan su atraso e ignorancia”.

Continúa su labor médica: examina enfermos con disentería, asma, tuberculosis, reumatismo. Consulta sus libros. Se queja de la falta de medicamentos y de las condiciones adversas de la provincia para seguir perfeccionándose en el arte de la medicina. No obstante, practica con los instrumentos que tiene a la mano. Piensa que algún día trabajará con el microscopio y le hace seguimiento minucioso a la evolución de sus pacientes. Afirma que para la práctica lo que se necesita saber es cómo se examinan los diferentes órganos.

A su regreso de París José Gregorio Hernández examinaba a sus pacientes en el hospital,  en las casas y en su propia habitación.

Recorría Caracas a pie visitando a los enfermos. Su paso era rígido,  dirigía la vista al suelo y siempre rezaba.

Nunca uso maletín a pesar de algunas litografías que lo representan portándolo. Tomaba el pulso, media la fiebre. No usaba estetoscopio, auscultaba directamente a través de un pañuelo. No se sentaba y escribía el récipe de pie.

Razetti dijo que José Gregorio Hernández “fue médico profesional al estilo antiguo, creía que la medicina era un sacerdocio del dolor humano, siempre tuvo una sonrisa compasiva para la envidia y una caritativa tolerancia para el error ajeno”.

El Dr. Temístocles Carvallo , sobrino de José Gregorio Hernández escribió sobre su tío: “De simpático y distinguido talante, sabía acercarse al lecho del paciente, y en postura casi humilde, de ordinario con los brazos cruzados sobre su pecho, escuchaba la historia, escudriñando con mirada viva y penetrante cuanto merecía tenerse en cuenta”.

Con el tiempo llega a ser el médico más famoso de Caracas. Lo llamaban los pobres, los ricos y sus antiguos maestros le consultaban los casos difíciles. La mayoría de las veces pagaba las medicinas de los más necesitados.

 Su popularidad crecía tanto que la compañía telefónica, recién instalada en Caracas,  le otorgó el teléfono número uno para que realizara su trabajo.

Además del ejercicio práctico como médico José Gregorio Hernández fue uno de los 35 fundadores de la Academia Nacional de Medicina, institución cuyos orígenes se remontan al año 1893 cuando se instaló en Caracas la Sociedad de Médicos y Cirujanos, propugnada por Luis Razetti, Santos Dominici y Francisco Rísquez.

En 1894 desapareció esa sociedad y Razetti redactó el proyecto de ley para la fundación del Colegio de Médicos de Venezuela, el cual se transformó en la Academia Nacional de Medicina el 11 de junio de 1904.

Hernández ocupó el sillón XXVIII desde la propia fundación de la Academia y se interesó vivamente por el debate sobre el origen del hombre que se efectuaban en la misma. Se declaró creacionista lo que no lo obstaculizó para seguir el riguroso método científico en su profesión.

Es así como escribió el primer texto de bacteriología del país (Elementos de Bacteriología) y fundó el primer laboratorio de fisiología experimental, demostrando ser un pupilo destacado de su profesor Charles Richet, Premio Nobel en 1913.

En justo reconocimiento la Academia Nacional de Medicina, al cumplir cien años de fundada, decretó el 2004 como el año de José Gregorio Hernández.

El hombre

Para apreciar mejor a una persona es necesario cocerla con sus virtudes y defectos. Su aspecto físico, sus principios morales, el entorno y las circunstancias históricas que le rodearon tienen gran importancia a la hora de los juicios.

Llegar a la verdad sin ningún temor y por encima de los mitos, muchas veces, nos permite querer más a nuestros próceres y líderes. Para muestra un botón: Francisco Natera una vez afirmó: “Los italianos no sabían de Julio César otra historia que la del conductor de legiones romanas, sus conmilitones que tanta riqueza y poder tejieron al imperio. Cuando supieron que era calvo, barrigón, no muy alto y sospechosamente mujeriego amaron doblemente al conquistador de las Galias”.

Empezando a ejercer su profesión de médico en los pueblos de la cordillera andina, José Gregorio Hernández se muestra galante con las mujeres y manifiesta su gusto por el baile.

Sobre una de esas ciudades escribió : “Sus mujeres son muy simpáticas y agradables ; bailan muy bien, si me guío por la única con que he bailado una noche en mi casa, con piano; me aseguran que hay otra que baila mejor que ella. Yo me hecho muy amigo de esa afamada pareja y me ha prometido bailar conmigo la segunda pieza en la próxima oportunidad”.

En otra parte dice: “Tres horas después llegué a Valera donde me disponía a comprar unos dulces para mitigar la sensación poderosa de hambre que se me desarrolla cundo monto a caballo; inmediatamente me vía rodeado por todos los amigos del lugar que en un abrir y cerrar de ojos me desmontaron y participaron que por ser Noche Buena debía quedarme a bailar con ellos. Todas mis excusas fueron inútiles, y estuve bailando hasta las cuatro de la mañana cuando me permitieron seguir mi camino”.

Luego remata : “A las once a.m. llegamos a Mérida donde me detuve cinco días, para dejar descansar las bestias y porque inmediatamente me invitaron a un baile que se efectuaría el 31 de diciembre en la noche, dado por el presidente de estado y otras autoridades. El baile estuvo muy bueno…”

José Gregorio Hernández era un hombre de mediana estatura, más bien baja. Medía un metro con 60 centímetros. Era delgado; cuando ingresó en la orden de la Cartuja pesaba no más de 50 kg. Al final de su vida se pintaba el cabello y el bigote. Vestía pulcramente y siempre de negro. Pero al regresar de Italia luego de su frustrado intento de ingresar en la Cartuja cambió radicalmente de atuendo. Sobre ese aspecto Jesús Rafael Rísquez escribió: “ El negro palto levita, la camarita y los demás elementos fúnebres que antes usaba los había trucado por trajes de colores de acuerdo a la tonalidad del vestido y moda de la época”.    

Los cambios en la vestimenta y el comportamiento en general del Dr. Hernández fueron notables y sus amigos así lo testifican. Carlos Travieso, quien fue su alumno , al constatar el privilegio que tuvo de ser discípulo del santo hombre en la cátedra de histología afirma :  “Al regresar del exterior y quizás como impuesta reacción a sus frustradas aspiraciones, trataba de ser excéntrico. No más atuendos clericales y ni siquiera el austero paltó-levita y la camarita, al contrario, se la daba de dandy. Conocí al doctor Hernández entonces, cuando en 1919, comencé a estudiar medicina.”

Más adelante Travieso habla del cabello y el bigote de Hernández bien cuidados y teñidos y de sus ropas finas: “Vestía acicaladamente trajes bien confeccionados y a la última moda, se tocaba el sombrero de fieltro elegante y en armonía con la indumentaria y gustaba calzar zapatos de dos tonos”.

Hernández también empezó a fumar. Su íntimo amigo Dominicí escribe : “Ya había notado yo cuan peripuesto me llegaba el viejo amigo, tan distinto del que había conocido. Al terminar la comida saca una lujosa cigarrera y brindándome dice: yo fumo ¿ tú no fumas? Rarezas ajenas a su carácter.”

Esos cambios bruscos en la personalidad de José Gregorio Hernández fueron criticados por la sociedad caraqueña. Algunos biógrafos explican que probablemente todo se debió a una recomendación del Maestro de Novicios de la Cartuja “como penitencia para que se burlaran de él”

Por último, es bueno resaltar en este breve esbozo de Hernández – hombre el momento que lo destaca como patriota. En 1902 los ingleses y los alemanes atacan La Guaira y Puerto Cabello para cobrarle una deuda al país. Cipriano Castro hace un llamado para defender la patria. Entonces José Gregorio Hernández olvida su carácter apacible y la filosofía cristiana de poner la otra mejilla y es uno de los primeros en inscribirse para tomar las armas como simple soldado.

Uno no imagina a este hombre menudo que trabajaba duramente en la cátedras médicas enseñando a sus alumnos, trataba a su pacientes con esmero y rezaba varias veces al día y que ahora el pueblo venera como santo,  tomando un fusil y combatiendo en un frente de guerra.

Lo cortés no quita lo valiente. 

El escritor

 Además de sus escritos estrictamente científicos y ligados a su labor docente José Gregorio Hernández hizo también una serie de publicaciones de corte literario.

Estas publicaciones (casi todas en El Cojo Ilustrado), sus cartas inéditas de la juventud y sus ensayos filosóficos tienen un perfil propio que le dan un estilo genuino y exquisito como escritor. Sus contemporáneos así lo entendieron y los elogios y apreciaciones positivas fueron muchos.

 En El Cojo Ilustrado Hernández publicó “El señor Nicamos Guardia” (1893) , “Visión del arte” (1912) , “En un vagón” (1912) , y “Los Martínez” (1912) . Sobre este último trabajo Mario Briceño Iragorry dijo : “La página que publicamos de él indica una pluma hábil de dotes literarios no comunes y bastaría para consagrar una reputación”.

Apenas recibe su diploma de médico el joven Hernández empieza a trabajar en la provincia. Tiene entonces 24 años y escribe a sus amigos acerca de lo que hace y de lo que piensa hacer. Santos Dominici escribe sobre esas cartas: “No se busque pues en esas hojas amarillentas por el tiempo hondas concepciones filosóficas, ni grandes descubrimientos científicos o nuevas formas literarias, sino menos autógrafos juveniles de aquella personalidad excepcional única en nuestros fastos, por el conjunto de sabiduría y virtudes”.

Cuando Hernández escribe sobre sus enfermos, los hospitales, los viajes y dificultades para atender a sus pacientes nos recuerda a Mijaíl Bulgakov y sus “Notas de un médico novel”.

En un relato denominado “Tormenta”  el escritor y médico ruso Bulgakov ( Premio Nobel de Literatura )  habla de un joven galeno que viaja para atender a una mujer enferma y lucha tenazmente contra las condiciones climáticas adversas. En una carta JGH dice : “ En días pasados me vinieron a buscar para ver un enfermo, eran las seis de la tarde y el lugar donde me encontraba distaba de mi casa como unas seis leguas, estaba metido en la serranía. Con toda paciencia hice ensillar mi caballo –que dista mucho de ser bueno- y tomé rumbo hacia el pueblecillo seguido del sujeto que vino a buscarme en magnifico caballo. Habíamos caminado como dos leguas cuando la noche se nos vino encima, negra como pocas y tempestuosa; le hice notar a mi compañero que mi caballo tenía tendencia a cabritarse y que el suyo quería imitarlo, a lo cual me respondió que eso nada tenía de particular, porque como bien podía ver, dentro de poco se desencadenaría una tempestad y lo mejor era acelerar nuestras cabalgaduras para ganar camino y sobre todo tiempo. Tal advertencia no era para tranquilizarme, pero yo seguí avanzando con cierto malestar que al principio atribuí la inquietud por la proximidad del peligro y luego me convencí era más bien producida por la inmensa cantidad de fluido eléctrico de que estaba cargado el ambiente.

Media hora después estalló el primer relámpago inmenso, inaudito, parecía como si nos hubiéramos sumergidos en un océano de luz ; se veía todo: los cerros, las hondonadas, y el cielo lleno de agua. Ciego me quedé durante cinco minutos y sólo volví de mi estupor porque mi caballo que se había encabritado, no me derribó milagrosamente y corría con furia siguiendo al de mi compañero que había manifestado de modo idéntico su espanto. Pocos segundos después vino el trueno e inmediatamente grandes gotas, convertidas luego en verdaderos chorros, nos inundaron, y lo que es peor, humedecían el camino de tal suerte que nuestras bestias no caminaban, sino rodaban”.

En otro aparte, hablando de su paso por las montañas, Hernández escribió: “La sensación que se experimenta al contemplar el páramo, es de una naturaleza muerta, llena de desolación y un frío que nos hiela los huesos; la luz solar parece más bien una luna, y las atmósfera está tan enrarecida que es difícil encontrar aire bastante para respirar y se lega muchas veces a sentir disnea.”

Luego remata: “En esos lugares, se experimenta la necesidad de conversar en alta voz y aún de gritar, porque a la vista de tal soledad con tan poca luz, escaso el aire y la vegetación tan raquítica, cree uno llegar a la afonía y hasta la afasia”.

Desde muy joven Hernández se apasionó por el mundo de las letras. Leía textos traducidos del francés. Le gustaba la lectura de obras de teatro. Del  libro de Leonardo Fernández de Morantín sobre los orígenes del teatro español dijo: “Me doy cuenta de lo útil que es el estudio de las obras de teatro, pues si hoy que apenas conozco la evolución del teatro español a través de los siglos, me deleito leyendo algunas de las comedias de las que afortunadamente tengo aquí; como gozaría leyendo a Shakespeare en su propia lengua”.

Luis Razetti se refirió a Hernández como escritor: “A la obra de la cultura nacional legó hermosos capítulos de ciencia alta y profunda y deliciosas páginas escritas en el más puro lenguaje del arte clásico”. Precisamente ese lenguaje del arte clásico puede apreciarse nítidamente en el trabajo de JGH          intitulado “Visión del Arte”.

En “Visión del Arte” las palabras se hilvanan con la belleza y precisión de los poemas en prosa .En un sueño fuerzas poderosas le hacen una revelación al autor : “La tarde estaba cálida, tempestuosa y cargada de fluido eléctrico que obraba implacablemente sobre mis nervios, comunicándoles como unas corrientes no interrumpidas de malestar. Había tenido durante el día un trabajo fuerte y emocionante, y me sentía con un cansancio físico muy pronunciado”.

Luego continúa : “A mi alrededor los objetos tomaban formas fantásticas, moviéndose caprichosamente y agitándose en baile siniestro y lúgubre. En particular un jarro de viejas flores que estaba olvidado sobre la mesa en que me había puesto a escribir me producía la ilusión de que estaba haciendo toda suerte de contorsiones, se inclinaba a la derecha y a la izquierda con cierto aire de burla, y por último creí verlo que se doblaba más profundamente como si me hiciera una cortesía, hasta que, tomando vuelo, se desprendió de la mesa y fue a colocarse sobre la puerta entreabierta de la habitación”.

Más tarde remata: “Entonces pude ver en el dosel del trono en el que se hallaba el recitante esta inscripción en letras refulgentes: ¡ poesía! ¡Eres de todas las bellas artes la más excelsa! ¡Eres el arte divino!” “Traté de ver si la aparición estaba a mi lado como antes y nada pude distinguir. Hice un esfuerzo mayor para abrir los ojos y mirar alrededor, y entonces fue cuando empecé a volver a la realidad…En el suelo estaban unas cuartillas caídas de la mesa: en una de las cuales había un renglón medio borrado en el que pude leer : capítulo segundo del arte”

Sobre  “Visión del Arte”  Juan Carlos Chirinos escribió: “El texto de corte fantástico presenta una escena romántica : el medio ambiente tempestuoso como correspondencia a los agitados pensamientos del escritor. El toque literario laudable es el efecto de circularidad,  pues su estructura anular regresa al lector al inicio, sumando ambigüedad a la fantasía”.

Cultivador de la filosofía y las artes

Afirmaba José Gregorio Hernández que la cultura espiritual es más necesaria que la cultura intelectual, y explicaba: “Todo hombre puede vivir sin conocimientos humanos, pero es muy posible que le desaliente la vida si carece de los rudimentos que le expliquen las razones de su existencia”.

Hernández otorgaba gran importancia a la filosofía: “Ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía. La filosofía es indispensable para el hombre, bien se trate de la vida sensitiva, de la vida moral, y en particular de la vida intelectual”.

 JGH Cultivaba también el estudio de las diferentes artes, gusto que le viene desde muy niño.  “No jugaba como los otros de su edad, tocaba bien el piano y leía a Plutarco y a Kempis” , escribió Juan de Dios Villegas en 1919. Durante su estadía en Paris en los tiempos , durante el postgrado, de ocio tocaba el violín y asistía a los conciertos .Luego al regresar al país solía tocar el piano de en vez en cuando. Antes de ese periodo, en Isnotú, se dedicó a la pintura e hizo varios cuadros.

  Sus ideas sobre filosofía y estética las recogió en el libro “Elementos de filosofía”, publicado en 1912. Por ese motivo Arturo Ayala escribió : “Cuando lo suponíamos con la vista fija en la lente del microscopio. para arrancarle los signos característicos de nuestras entidades patológicas, lo vemos ascender en majestuoso vuelo a las serenas regiones de la filosofía , y en sintético lenguaje con independencia de criterio que lo honra y revela al hombre de ciencia, aborda los más abstrusos problemas filosóficos”.

  Fray Andrés Mesanza dijo que el texto no contenía la dialéctica, pero no era escolástico, en cambio lo consideraba católico.

    Ya que tocamos la religión es bueno hablar de su posición firme, clara y honrada con respecto al origen de la vida. Era un tema que no podía eludir como investigador y al cual supo responder con elegancia, argumentando principios, filosóficos, científicos y religiosos.

JGH estudió en Paris con el profesor Mathías Duval , evolucionista difuso de las ideas de Darwin. Imperaba en Europa, en esa época, el positivismo de Augusto Comte, y en Venezuela esas nuevas corrientes del pensamiento filosófico eran difundidas por Adolfo Ernst, Rafael Villavicencio y Luis Razetti. Se estableció una polémica en el país sobre el origen de la vida. Hernández intervino con la siguiente posición: “Hay dos opiniones para explica la aparición de los seres en el universo: el creacionismo y el evolucionismo .Yo soy creacionista”. No podía reaccionar de otra manera un hombre con una sólida formación cristiana como la suya. Sin embargo, como investigador era un evolucionista que aceptaba el desarrollo de los procesos biológicos. Esta convicción se desprende de sus razonamientos posteriores : “La segunda hipótesis es la teoría de la evolución universal, o aplicada especialmente al hombre , la doctrina de la descendencia. Hipótesis mucho más admirable desde el punto de vista científico, es decir que tomando en consideración los hechos observados hoy, explica mejor el encadenamiento de los seres vivos que pueblan el mundo, su desarrollo embriológico, la existencia de ellos de órganos rudimentarios, la unidad de estructura y la unidad funcional de los órganos homólogos; y puede armonizarse perfectamente con la revelación”.  ¡Admirable ¡ .El Vaticano, a través de su Academia de Ciencias, adoptó ese criterio en los años ochenta del siglo pasado.

Sobre “Elementos de filosofía” de José Gregorio Hernández,  el Dr. Dominici expresó: “No he leído libro alguno de más terso estilo ni que penetre más espléndidamente en el corazón”.

      En Elementos de filosofía las definiciones son certeras, precisas. Citamos algunas entre muchas:

  • La filosofía es el estudio racional del alma, del mundo, de Dios y de sus relaciones.
  • El sentimiento estético es desinteresado, universal y necesario.
  • La poesía es de todas las artes la más excelsa ,es el arte divino. Nada escapa a su jurisdicción; ella expresa en grado sublime la belleza toda, la belleza natural, la intelectual y la moral. Su instrumento, que es la palabra, es lo más bello que hay en el universo después del hombre. La poesía penetra en el fondo del alma humana, pone en movimiento todas sus actividades, y la engrandece, porque satisface todas sus aspiraciones artísticas.
  • La música tiene el misterioso poder de expresar uno a uno todos los sentimientos, todas las pasiones que se anidan en el corazón del hombre; su lenguaje es entendido por todos en la expresión sentimental, y alcanza el supremo esplendor en la belleza, al expresar su sentimiento religioso.
  • La pintura, aunque silenciosa, expresa elocuentemente la belleza; su jurisdicción no es solamente la belleza sensible, sino que por medio de ella se levanta hasta la belleza intelectual y moral. Una obra maestra de pintura es semejante a un poema; contemplándola el alma experimenta grandes emociones que engendran el verdadero éxtasis estético.

             De esta importante obra filosófica de Hernández , Pedro Pablo Bartola dijo: “Su estilo es propio , terso y expresivo dentro de una encantadora sencillez de formas y de vocabulario.”

Sobre Hernández y su actividad en general, Monseñor Antonio Ramón Silva escribió: “Filósofo eximio, poseía extensos conocimientos en ciencias y artes”.

El santo

 La vida de José Gregorio Hernández fue una constante búsqueda de la perfección a través del sacrificio que implica seguir el camino de la verdad suprema , en el sentido cristiano de la expresión. El bien del prójimo está por encima del bien propio. En el hogar le inculcaron los elementos de estos mandatos religiosos. Él lo diría alguna vez:   “Mi madre, que me amaba, desde la cuna me enseñó la virtud, me crió en la ciencia de Dios y me puso por guía la santa caridad”. Luego escribe: “Mi padre supo siempre aconsejarme. A veces me trató con sequedad, pero no lo hacía por mortificarme sino por inclinarme a la práctica del bien…”

Hernández llegó a ser un hombre religioso en el más amplio significado del vocablo. Al levantarse asistía a la misa y después de visitar a los enfermos. Al medio día nuevamente asistía a la misa. José Izquierdo suponía que Hernández dormía en el suelo en prueba de sacrificio como un asceta y por eso en la noche no atendía a los enfermos, pues ese tiempo era para Dios.

En 1908 ingresó al convento de la Cartuja de Founeta en Italia con el nombre de Fray Marcelo. Pero el duro trabajo físico le fue insoportable. A los diez meses regresó a Venezuela. En 1913 hizo un nuevo intento de ser sacerdote en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma. Se enfermó y fracasó nuevamente en esa empresa.

Hernández tenía como meta combinar su profesión médica con el sacerdocio, el altruismo como seguidor de Hipócrates con la filantropía de los discípulos de Cristo. Se dijo que era practicante del socialismo espiritual, esa condición que genera una solidaridad hacia los más desposeídos y que incluye también una comprensión clasista más allá de lo material. José Núñez dijo al respecto: “Para los pobres, a quienes administraba el oficio del buen samaritano, tenía él, óleo y bálsamo, por ellos podía velar noches enteras”.

   Estando vivo Hernández ya su fotografía era colocada en casas y farmacias. Actualmente está veneración es un fenómeno generalizado. Moisés Feldman dice : “Los pacientes, quienes sufren las consecuencias de la crisis, viene al hospital a buscar la ciencia y en su pobreza complementan sus limitaciones en la relación médico-paciente con una estampa de José Gregorio Hernández”.

La vida sin esperanzas es muy difícil llevarla por eso la gente recurre al mito, el cual no tiene explicación racional.

José Gregorio Hernández es una esperanza y es un mito. Lo conocemos como milagrero, pero es el padre de la Medicina Experimental en Venezuela, el fundador de las cátedras de Histología Normal y Patológica, Fisiología Experimental y Bacteriología de la Universidad Central de Venezuela.

Tiene la gloria eterna de ser el médico de los pobres, el maestro siempre dispuesto a darle una explicación más a sus alumnos, el filósofo que buscaba la grandeza de Dios en la belleza de las cosas y en la bondad de los hombres, el escritor de fina pluma.

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

Loading...

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.